miércoles, 23 de abril de 2014

El fracaso de los creativos que viven en Narnia




Con la intención de conversar o de aprehender algo nuevo, es común que en las reuniones sociales exista la predisposición a interrogar a personas con determinadas profesiones. Tal es el caso de los señores médicos que terminan diagnosticando alguna verruga de alguna tía ausente mientras comen un sándwich de miga en un cumpleañitos.

En el caso de los profesionales del marketing, los interrogatorios suelen tener un tinte de escepticismo. Esto ocurre debido a una falta de conocimiento de la actividad y del aporte de las técnicas vinculadas. Poco a poco, a medida que se van raqueteando las diferentes consultas se va mejorando la credibilidad y finalmente se despierta la más ansiosa de las curiosidades.

En consecuencia, las conversaciones que empiezan con un

-          ¿Y qué es lo que hace un marketinero …?”
(entendiéndose el término de manera peyorativa)

terminan con un

-          “¡Tengo un negocio para hacer que es excelente!
Vos que sabés de marketing…
¿Qué opinás de crear un tubo para papel higiénico con luz led?”

(juro que esta anécdota no es inventada)

Los negocios no son ideas, ocurren luego de poner una idea en movimiento con mucha inversión de tiempo, dinero y energía. Cuando un individuo tiene una idea y esta no se convierte en un negocio multimillonario depende, en gran medida, de que esa idea se quedó en el terreno de los unicornios y las hadas.

¿Cómo se cocina un negocio, cuál es la receta?

Tener una idea no garantiza el éxito pero es el punto de partida de cualquier emprendimiento. Supongamos el ejemplo de nuestro creativo de inodoros…Un día se levantó de la cama y dijo:

“Eureka! Portarrollos de papel higiénico iluminados!”.

Paso cero: concretado. La idea que nos convoca es un portarrollos para no tener que encender la luz para higienizarnos.

Paso uno: ¿Existe en el mercado? Supongamos que hacemos una “investigación seria” de mercado y descubrimos que existen de madera, de plástico, de metal, motorizados pero ningún portarrollos iluminado; concluimos el paso uno descubriendo que nuestro producto es único.

Paso dos: ¿Existe mercado? Ampliando la investigación precedente descubrimos que hay una población adecuada de excéntricos ansiosos de iluminar su papel higiénico de manera elegante.

Paso tres: Costos. Cuanto sale patentarlo, producirlo, empacarlo, publicitarlo, promocionarlo, armar la primera partida, venderlo, entregarlo, garantizar su funcionamiento, etc. Este paso es anterior a ponerse en movimiento, implica comprender el nivel de compromiso económico y de voluntades que se requiere para llevar a la realidad nuestra idea. Sacar esa idea de Narnia y llevarla al mundo real.

Paso cuatro: Conseguir el dinero. Cómo conseguir inversionistas, cómo presentar la información de un negocio y comprometer a los que pondrán el dinero en acción.

Paso cinco: Ejecutar lo planificado. Llevar a la acción todo lo que se valorizó en el paso tres.

Paso seis: Analizar las divergencias entre lo planificado y lo ejecutado, con el propósito de corregir el rumbo y mejorar el rendimiento del negocio.

Paso siete: Volver a pensar…


Usualmente el mundo de los negocios es terreno de los luchadores de la resiliencia. Para tener éxito hay que levantarse una y otra vez. Es un lugar donde el impacto es estadístico, mientras más intentos, más chances de triunfar. Como solía decir mi papá: “Fracasar no es morir, es volver a empezar”. 



Gerardo Damián Amado
Licenciado en Marketing

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